¿Cómo afecta el coronavirus a los niños?

¿Cómo afecta el coronavirus a los niños?

La pandemia está rompiendo muchos de los moldes de nuestro día a día. Eso también implica a los más pequeños. Cuando se trata de hablar de los niños, y más si está el coronavirus presente, enseguida se levantan las alarmas. ¿Qué es lo que debería preocuparnos más? ¿Qué síntomas tienen los niños con coronavirus? ¿Cómo les afecta? ¿Y cómo afecta a todos aquellos que les rodean? Las respuestas podemos buscarlas en la ciencia.

¿Por qué les afecta de forma más leve?

Proteger a la juventud es una prioridad, podríamos decir, innata. En el caso de una pandemia, la salud de los niños es un problema preocupante para la sociedad. A medida que ha ido avanzando el conocimiento sobre cómo actúa la COVID-19, sin embargo, parece que se han despejado algunas dudas sobre esta relación. Una de las evidencias más claras de la que disponemos es que los niños parecen escaparse en gran medida a las consecuencias más graves o, incluso a las leves, que el coronavirus produce en adultos. Así lo confirmaba para El Método Quique Bassat, profesor ICREA y director del Programa de Malaria del IS Global. «Los niños son menos vulnerables, […] a infectarse y, sobretodo, son menos vulnerables a la enfermedad grave. Esto lo hemos visto desde el principio y ha quedado muy claro», explicaba.

Pero, ¿por qué? Begoña Santiago, especialista en pediatría del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, explicaba en el último capítulo que esto puede deberse a varias hipótesis. La primera está relacionada con una seroprevalencia menor en la población infantil. Esto quiere decir que la cantidad de anticuerpos que se pueden detectar en la sangre de los niños es menor, indicando, que los niños pasen una infección más liviana, lo que explicaría una manifestación de los síntomas más leve.

La segunda relaciona la posible protección de los niños procedente de la interacción con otros coronavirus. «[…] Los coronavirus han vivido con nosotros siempre y son las principales causas de catarro común y de infecciones respiratorias», explicaba Begoña. «[…] Se piensa que probablemente el haber estado expuesto a estas infecciones puedan existir una protección cruzada frente a la […] COVID-19».

La tercera y última tendría que ver con la edad en sí misma. En palabras de Quique: «Los adultos somos los que tenemos enfermedades crónicas. Los que tenemos otros factores de riesgo que son mucho menos frecuentes en los niños. Eso sería otra posible explicación de por qué cuando se infectan los niños tienen una sintomatología mucho más leve».

Sin embargo, aunque son escasos, sí que existen casos de efectos adversos, y hasta graves, de COVID-19 en niños. Por ejemplo, una manifestación de la que se ha hablado durante la pandemia es el raro síndrome de Kawasaki, un síntoma inflamatorio múltisistémico potencialmente grave, pero que sigue siendo una alteración extraordinariamente infrecuente. En términos generales, y a pesar de que sí existe la posibilidad de que la enfermedad revista gravedad en los niños, estos la pasan con síntomas muy inespecíficos y notablemente leves.

Y para los que les rodean: ¿Son los niños buenos vectores?

Otra de las grandes cuestiones que rodean a los más pequeños, y que se discute desde el comienzo de la pandemia, es su valor como vectores, es decir, para transmitir la enfermedad. Sabemos que la COVID-19 se transmite de forma muy virulenta incluso aunque no aparezcan síntomas apreciables (como en el caso de personas asintomáticas o antes, incluso, de que las personas perciban la infección). Por ello, la preocupación de que los niños, por el contacto tan íntimo que suelen tener con los familiares, fueran un foco de infección era un tema preocupante. Ahora sabemos que los niños pueden transmitir, pero que lo hacen probablemente con una eficiencia menor que los adultos«, explicaba Quique Bassat, «y que cuando causan casos secundarios son cadenas de transmisión relativamente cortas». Begoña Santiago, a la importancia de los aerosoles: «los niños tienen menor fuerza, menor capacidad torácica, menor capacidad de expectorante y de transmitir el virus«. Por otro lado, los niños se encuentran expuestos a un círculo social concreto y reducido, ya que se relacionan menos con otros adulto. Esto podría ser un factor clave en su capacidad infectiva.

Entonces, ¿qué peligro hay en el colegio? Una de las cuestiones que más debate ha generado ha sido el cierre y, después, la apertura de los colegios. Como centros donde se encuentran cientos de niños que, a su vez, se relacionan con cientos de familias diversas, el temor a que sean puntos de contagio peligrosos parece legítimo. ¿Pero realmente lo es? ¿A qué coste? «El último, o de los últimos pasos, debe ser el cierre de las escuelas«, afirma, tajante, la especialista en pediatría del Gregorio Marañón.

Tal y como comentamos en el capítulo deEl Método dedicado a los aerosolesen los colegios se trata de aplicar un modelo de protección que podría servir para muchos otros entornos. Maria Cruz Minguillón, investigadora en el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua, CSIC, nos daba las claves de esto durante el capítulo pasado.

En un planteamiento idea, un aula segura consta de una baja ocupación; 5 metros cuadrados por persona; que todo el mundo emplee mascarilla, especialmente las mascarillas para niños, bien ajustada; y, por último, que haya suficiente ventilación.

Aislar a los más pequeños teniendo en cuenta las evidencias disponibles hasta la fecha no parece la mejor de las ideas, dada la situación, ya que puede implicar una desconexión importante en su formación y su socialización. Los niños son los más vulnerables ante la pandemia, pero no por los síntomas que provoca el coronavirus, probablemente, sino por la ruptura con el día a día que pueden suponer las medidas para controlarlo.

Fuente: https://www.rtve.es/

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